La práctica del trueque en una comunidad mazahua del Estado de México

Daissy Colín Dimas y Juan José Rojas Herrera

Otra Economía, vol. 13, n. 24: 77-94,  julio-diciembre 2020. ISSN 1851-4715

 

 

La práctica del trueque en una comunidad mazahua del Estado de México

 

A prática da troca em  uma comunidade mazahua no Estado do México

 

The practice of bartering in a mazahua community in the State of Mexico

 

Daissy Colín Dimas*

daha_09@hotmail.com

 

Juan José Rojas Herrera**

 rojashjj@gmail.com

 

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Resumen: En este artículo, con base en técnicas de investigación mayormente de carácter cualitativo y etnográfico, se realiza un análisis pormenorizado de la mecánica de funcionamiento del trueque en la comunidad indígena mazahua de Dotegiare, Municipio de San Felipe del Progreso, Estado de México. La previa identificación y ubicación geográfica de las redes de intercambio vecinal existentes en la comunidad de estudio, permite extraer los elementos que hacen del trueque una práctica de economía popular capaz no sólo de garantizar la reproducción social de las familias campesinas que lo utilizan, sino también de fortalecer el tejido comunitario. De este modo, el potencial innovador del trueque queda revelado, por lo que bien puede ser aprovechado para alcanzar metas cada vez más amplias de beneficio social, siempre y cuando logre superar sus tensiones y amenazas latentes y se convierta en una estrategia socialmente construida de economía transformadora.

Palabras clave: trueque, economía solidaria, reciprocidad

 

Resumo: Neste artigo, com base em técnicas de pesquisa qualitativa e etnográfica, é realizada uma análise detalhada da mecânica da operação da troca na comunidade indígena Mazahua de Dotegiare, Município de San Felipe del Progreso, Estado do México. A identificação prévia e a localização geográfica das redes de troca de bairros detectadas na comunidade estudada, permitem extrair os elementos que fazem da troca uma prática da economia popular capaz de não só de garantir a reprodução social das famílias camponesas que a utilizam, mas também fortalecer o tecido da comunidade. Dessa maneira, o potencial inovador da troca é revelado, pelo que bem pode ser aproveitado para alcançar objetivos cada vez mais amplos de benefício social, sempre e quando consiga superar suas ameaças e tensões latentes e se torne uma estratégia socialmente construída da economia transformadora.

Palavras-chave: troca, economia solidária, reciprocidade

 

Abstract: In this article, based on qualitative and ethnographic research techniques, a detailed analysis of the mechanics of barter operation in the Mazahua indigenous community of Dotegiare, Municipality of San Felipe del Progreso, State of Mexico, is carried out. The prior identification and geographical location of the existing neighborhood exchange networks in the study community, allows to extract the elements that make barter a practice of popular economy capable not only of guaranteeing the social reproduction of the peasant families that use it, but also of strengthening the community tissue. In this way, the innovative potential of bartering is revealed, so it can well be harnessed to achieve ever-widening goals of social benefit, as long as it manages to overcome its latent tensions and threats and becomes a socially constructed strategy of transformative economy.

Key words: barter, social economy, reciprocity

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Introducción

 

Uno de los efectos más perversos de la actual economía capitalista de mercado es su carácter selectivo y excluyente de las unidades económicas más débiles y vulnerables del medio rural. Esto es lo que explica que un amplio sector de campesinos e indígenas de las regiones más pobres y aisladas de México se encuentre al margen del intercambio monetario de bienes de consumo. Frente a esta realidad macroeconómica, los grupos sociales afectados, se han visto en la necesidad de desplegar diversas estrategias de reproducción y cohesión social, entre las que destacan, a nivel de la actividad productiva, la práctica de distintas formas de trabajo comunitario-voluntario como las faenas, el tequio, la minga y la mano vuelta y, para el intercambio de productos, hacen uso del trueque, que les permite obtener los alimentos que no producen en sus unidades familiares.

Lo arriba señalado justifica por qué el trueque sigue siendo una práctica vigente y funcional en algunas comunidades mazahuas del noroeste del Estado de México,[1] aunque con distintas manifestaciones locales. Así, en el municipio de Ixtlahuaca, lo realizan los pequeños productores en los tianguis (mercados) de la región; en tanto que en la comunidad de Dotegiare, perteneciente al municipio de San Felipe del Progreso, los intercambios se efectúan a nivel intracomunitario, entre familiares o vecinos.

En este marco diverso y escasamente estudiado, el objetivo general del presente artículo consiste en describir y analizar la práctica del trueque en la comunidad mazahua de Dotegiare, San Felipe del Progreso, Estado de México, como una forma de resistencia ante la ofensiva del capital y su lógica excluyente y discriminatoria de las unidades productivas campesinas e indígenas. De igual manera, se aspira a indicar algunos de los prerrequisitos básicos que le permitirían convertirse en una práctica organizada y deliberada de economía transformadora.

El objetivo anterior resulta pertinente, toda vez que la práctica del trueque en Dotegiare, se produce, en lo fundamental, como una actividad natural, espontánea, directa e inmediata entre vecinos y, al mismo tiempo, como una expresión cultural propia de la cosmovisión indígena en el que la reciprocidad y la convivencia social están en el centro de dicha actividad. Y, aunque dispone del potencial necesario, no se ha expresado aún como un esfuerzo deliberado, planificado y organizado socialmente para resolver necesidades colectivas a escala comunitaria. Mucho menos como una estrategia de economía alternativa que pretenda confrontar, socavar y, eventualmente, trascender la lógica mercantil capitalista.

Todo ello encuadra en la definición del trueque, formulada por diversos autores como Anderlini y Sabourian (1998), Fernández (2009) y Herrera (2017), quienes lo reconocen como un mecanismo de intercambio no-monetario que permite a sus usuarios obtener los bienes, objetos, servicios o favores que desean.

Sin embargo, una característica distintiva del trueque es que no se reduce a una simple operación técnica de intercambio de bienes o valores de uso, como podría suponerse desde una óptica puramente economicista, sino que para que pueda engendrarse se requiere un determinado sistema de relaciones humanas. Por tal razón, más allá de la definición genérica del trueque arriba apuntada, el instrumental teórico y conceptual que podría facilitar su análisis y comprensión, se encuentra, por una parte, en el enfoque de la economía sustantivista de Karl Polanyi y, por otra, en los postulados de la teoría del capital social.

Para Polanyi (1976), el significado formal de la economía, concebida como actividad separada de lo social y con capacidad auto regulativa, deriva del carácter lógico de la relación instrumental medios-fines, se refiere al proceso de economizar recursos escasos, dada la posibilidad de fines múltiples. En cambio, el significado sustantivo de lo económico proviene de la dependencia del hombre, para su subsistencia, de la naturaleza y de sus semejantes, es decir, de las costumbres e instituciones sociales y culturales que regulan las actividades económicas. Por tanto, el intercambio con el medio ambiente natural y social, a partir del cual la sociedad se organiza para proveer las condiciones materiales que permitan satisfacer las necesidades de todos sus miembros, puede llevarse a cabo mediante distintos mecanismos de interacción económica y no sólo a través del intercambio mercantil o la redistribución desde el Estado.

Entre los mecanismos de interacción económica disponibles en cualquier sociedad, es posible advertir la presencia de la reciprocidad, que posee el atributo de facilitar la distribución y circulación de bienes y productos al interior de una determinada comunidad humana, sin depender del mercado o del dinero. Bajo esta premisa, la práctica del trueque queda enmarcada dentro del mecanismo de integración económica propio de la reciprocidad, ya que aunque lleva implícita la devolución del bien entregado o del favor recibido, opera bajo el principio de simetría e igualdad entre los sujetos participantes. Adicionalmente, Godelier (1996) puntualiza que el acto de re-donar permite producir y reproducir las relaciones sociales, porque es la sociedad en su totalidad la que se re-crea. En el mismo sentido, Presta (2007), afirma que el hecho de que en cada intercambio exista una devolución, obliga a que las personas sigan interactuando, a efecto de devolver el favor recibido con anterioridad.

Con base en lo arriba señalado, entenderemos por reciprocidad al eje articulador de voluntades individuales que además del interés económico que la motiva, aspira a establecer y fortalecer lazos de integración y compromiso duradero entre personas que comparten un mismo espacio territorial.

Por su parte, la perspectiva del capital social representa una de las aproximaciones teóricas y metodológicas más relevantes para abordar las relaciones sociales que se establecen entre los integrantes de un grupo humano y sus redes de asociatividad. Bajo este tenor, Durston (2002), concibe al capital social como el conjunto de actitudes de confianza que se dan en combinación con conductas de reciprocidad y cooperación dentro de una determinada estructura social. Se le asimila a una forma de capital en el sentido de que se trata de un recurso o un activo social que proporciona importantes beneficios a quienes deciden activarlo, utilizarlo y  movilizarlo para realizar acciones coordinadas, a fin de alcanzar metas y objetivos colectivos que no podrían lograr actuando en forma individual.

A diferencia de otras formas de capital, como el económico o el físico-natural, el capital social es el único que se acumula con su uso y se debilita por el desuso (Sobrado y Rojas, 2006). Normalmente el empleo del capital social para la solución de problemas compartidos se realiza a través de redes de interacción humana, mientras que la dispersión de acciones o el individualismo lo desgastan.

Por tal motivo, no es casual que en la teoría de las redes, formulada por Stone (2001), lo que vamos a encontrar son precisamente los componentes del capital social activados: la confianza, la reciprocidad, las normas que regulan la interacción entre las personas y las redes o asociaciones por medio de las cuales se canaliza la acción colectiva destinada a satisfacer una determinada necesidad colectiva.

De igual forma, la idea de red, de acuerdo con Euclides André Mance (2001), es bastante simple. Se trata de una articulación entre diversas unidades que, a través de ciertas conexiones, intercambian elementos entre sí, con lo cual se fortalecen recíprocamente y se pueden multiplicar en nuevas unidades. A su vez, dichas unidades robustecen al sistema en su conjunto en la medida en que éste las refuerza, permitiéndoles expandirse en nuevas unidades o mantenerse en equilibrio sustentable. Así, cada nódulo de la red representa una unidad y cada hilo un canal por donde esas unidades se articulan a través de diversos flujos.

En suma, como dirían Gutiérrez (2004) y Freyre (2013), en contextos de pobreza, las redes sociales, como las que se tejen alrededor de la práctica del trueque, constituyen un recurso alternativo para hacer frente a la inseguridad económica y la precariedad. Estas redes se establecen y se sustentan en instituciones tradicionales tales como el parentesco, el compadrazgo y la amistad, fundadas, a su vez, en la confianza, la cercanía física y la reciprocidad.

Ahora bien, desde el punto de vista metodológico, al tratarse de un tema complejo cuyas profundidades sólo podrían explorarse indagando en las motivaciones y expectativas subjetivas de los actores, el diseño de la investigación, tuvo un carácter principalmente cualitativo, por lo que comprendió el registro etnográfico de eventos y comportamientos diversos, la realización de entrevistas en profundidad, la observación participante y, de forma complementaria, la aplicación de encuestas. Sin embargo, es importante aclarar que para lograr identificar a las personas que participan en los intercambios, durante las iniciales inmersiones en Dotegiare, se realizó un muestreo bajo el método “Bola de Nieve”, que permitió integrar una base de datos que contiene el registro de 32 personas, con quienes se realizaron 11 entrevistas en profundidad y 32 encuestas, que resultaron de gran utilidad para determinar la ubicación y el rol de los participantes en las redes de intercambio por trueque existentes en la comunidad.

El énfasis puesto en los métodos cualitativos de investigación, obedeció también al interés por estudiar esta singular expresión del trueque comunitario en su propio ambiente, es decir, tratando de describirlo tal cual es, con todas sus bondades y limitantes.

Además, para cumplir el propósito anterior, nos hemos valido del discurso narrativo, pues estimamos que de este modo se perciben mejor las motivaciones, intenciones y expectativas que inclinan a las personas hacia el uso del trueque. De esta forma, aspiramos a identificar las regularidades que distinguen, sostienen y reproducen esta práctica milenaria en las condiciones del México de nuestros días y, de igual manera, a revalorar y a dimensionar, en términos más justos u objetivos, los aportes del trueque hacia la construcción de sociedades más fraternas e integradas. 

Con base en lo anterior, la estructura del trabajo se ha organizado en tres apartados. En el primero de ellos, se presenta una descripción general de la práctica del trueque, mediante la puesta en escena de la vida cotidiana de una mujer indígena, ama de casa y pequeña agricultora de traspatio, que ejerce de forma permanente esta actividad económica como un complemento importante de su ingreso familiar. Para describir, de manera realista e integral, el contexto histórico, geográfico, político y cultural de la comunidad de Dotegiare, nos hemos apoyado en las aportaciones de Patiño (2001), Sandoval (2001) y Cortés (2016).

Sin embargo, cabe aclarar que, a pesar del uso de los elementos literarios ya indicados, la experiencia del trueque de los habitantes de Dotegiare no es ficticia, sino al contrario, se trata de un caso más, en donde la realidad supera a la ficción. En cualquier caso, por razones de respeto a la intimidad de las personas entrevistadas, los nombres de los personajes, se han modificado, resguardando de esta forma la identidad de los verdaderos actores.

En el segundo apartado se puntualizan y sistematizan las características que distinguen la práctica del trueque en la comunidad objeto de estudio, así como la dinámica de funcionamiento de las redes de trueque existentes y, en el tercer y último apartado, se exponen un conjunto de reflexiones generales en las que se muestran algunas de las tensiones y amenazas del trueque comunitario, así como una ponderación respecto a las potencialidades que podrían permitirle convertirse en una práctica económica organizada socialmente y con capacidad de innovación anti sistémica o post capitalista.

 

Un día en la vida de una mujer mazahua

 

Son las cinco de la mañana, en una pequeña casa, de la comunidad mazahua de Dotegiare, Juana se despierta solita. Afuera los perros ladran y, a lo lejos, se escucha el quiquiriquí de un gallo, pero es la costumbre y nada más que la costumbre lo que hace que Juana abra los ojos justamente a esa hora.

A su lado yace su marido, Francisco. Sin ruido, de manera sigilosa, Juana se incorpora de la cama, se calza los zapatos de hule y sale del cuarto. Francisco, quien se encontraba acostado boca arriba, se inclina ahora sobre su hombro derecho y se cubre la cara con las cobijas.

Juana ha tenido un sueño tranquilo, apacible y reconfortante. Se siente con fuerza y ánimo suficiente para retomar su rutina diaria. Sale de la casa para ir a la letrina que se encuentra en una de las orillas del patio. Mientras hace sus necesidades recuerda que un día, poco después de haberse casado, su esposo le dijo que no quería que sus hijos sufrieran como él, que trabajaba desde las seis de la mañana hasta las seis o siete de la tarde. En ese tiempo, cuidaba ganado en San Felipe, no había casas, no había nada. Ahí estuvo cuidando varios años, de lunes a domingo. En la mañana, al llegar al rancho de los González, lo primero que había que hacer era limpiar la lama a las vacas, después ir a cuidar y en la tarde a ordeñar. En ocasiones también le tocaba hacer algunos trabajos en el campo como escardar, cortar zacate o ir a cosechar. No tenía un lugar donde quedarse a dormir, más que un espacio en los corrales. Así de dura fue la vida de su esposo, cuando era niño.

Ahora trabaja en la construcción. Ese oficio lo aprendió de joven, de unos tíos. Y desde entonces, le ha ido un poco mejor. La casa que habitan empezó chiquita, con apenas un cuartito. Ahí se quedaban los dos, pero después nacieron los niños, la familia se hizo más grande y ya no cabían. Empezaron entonces a ahorrar para poder comprar material y construir otros cuartitos. Pero, el trabajo de construcción, lo recuerda bien, lo hicieron solitos. No buscaron a nadie. Ella y su esposo pegaron la piedra y colaron los castillos. A Jaime, su hijo mayor, le toco pegar el adoblock. El techo de lámina lo pusieron entre todos. En aquel tiempo, sus vecinas la criticaban porque decían que ese trabajo era para hombres, no para mujeres. Pero ella no hacía caso y seguía trabajando, sabía perfectamente que así ahorraba dinero y que cuando murieran ella y su esposo, alguno de sus hijos diría: “Esta casa la hicieron mi papá y mi mamá”. Ese era su orgullo y lo cumplió. “Dos cuartitos para que duerman los muchachos, uno para nosotros y otro para la cocina. Se acabaron los fríos de las heladas y las goteras en tiempos de lluvia. Ahorita ya estamos mejor en esta casa, está calientita y ya cabemos mejor”. En todo eso pensaba Juana.

Y también en que fue una verdadera suerte casarse con Francisco. En una peregrinación a Chalmita, su esposo la vio y de ahí la empezó a buscar. Cuando ella iba a lavar al río, Francisco pasaba por ahí y se le quedaba viendo, a veces le hablaba, pero a Juana no le gustaba, porque temía que alguien los viera, fuera con el chisme con su papá y la regañaran. Pero, por suerte, ese tiempo no duró mucho. Un día, Francisco fue con su familia a casa de Juana para hablar con su papá y pedirla en matrimonio. “Todo salió bien. No hubo ningún problema, mi papá me entregó de buen agrado y desde entonces estamos juntos”, recuerda. En esas está cuando de repente siente que ha pasado mucho tiempo en tales cavilaciones, sale casi corriendo hacia la cocina, toma la cubeta que contiene el nixtamal y parte rumbo al molino.

En la fila del molino, encuentra a doña Rosa con quien se pone a platicar. En medio de la plática, Rosa le pregunta si tiene flores frescas y Juana le contesta que sí. Ésta se emociona y le dice que si le puede cambiar unas cuantas flores por unas habas que tiene en su casa, a lo que Juana accede. Rosa promete entonces que en la tarde irá a su casa para entregar lo acordado. De esta forma, rápida y directa, el compromiso entre las dos amigas queda hecho y ya solo falta preparar las cosas y esperar a que llegue la tarde.

Una vez que el maíz ha sido transformado en masa, Juana se dirige a su casa, en donde inmediatamente le pone leña al fogón y empieza a echar tortilla. Mientras se cocen las tortillas, pone sobre el comal la olla con el atole de masa y echa unos tomates y un chile para hacer una salsa.

De repente escucha la voz de su marido diciendo: “Ya dieron las siete y a más tardar en media hora me tengo que ir…”. Juana voltea, lo ve y responde: “Vente, échate un taco de salsa antes de irte a trabajar, ya voy a servirte el atole”. Ambos se sientan alrededor del fogón y mientras comen, charlan sobre diversos temas sin profundizar en ninguno. Al poco rato, Francisco se levanta. Toma su gorra y antes de salir de la casa, le recuerda a Juana que la espera en la obra a las diez en punto: “Para almorzar como Dios manda”, sentencia y se marcha.  

Juana permanece en la cocina, afanosamente corta papas, rebana cebolla y jitomate, fríe huevos, le echa un poco de agua a los frijoles y los pone a calentar. En ese momento aparece una joven de tez morena clara, cabello largo, frente ancha, ojos oscuros y pómulos pronunciados, quien la saluda alegremente. Es su hija Carmen, acaba de cumplir 17 años y trabaja en una zapatería en San Felipe. Pide su desayuno y la compañía de su madre por unos minutos. Sentadas a la mesa, platican del ambiente que prevalece en San Felipe, de sus compañeras de trabajo y de otras cosas por el estilo. Después de un rato, Juana ya no puede evitarlo y le pregunta si tiene noticias de su hermano, si sabe cuándo va a venir a Dotegiare porque las fiestas de mayo ya empezaron y él siempre acostumbra a ir por esos tiempos. Carmen contesta que no sabe, pero que le va a preguntar. Que espera que le conteste porque siempre alega estar muy ocupado. Jaime tiene 21 años, pero desde hace tres, vive y trabaja en Toluca, desempeñando diversos oficios.

Al terminar de desayunar, Carmen sale de la casa para dirigirse al trabajo, aún tiene que caminar 25 minutos para llegar a la parada del camión que la llevará a San Felipe. Juana la acompaña hasta la puerta y al verla irse recuerda que cuando sus hijos terminaron la secundaria, ninguno quiso estudiar. “Yo les daba estudio pero no quisieron seguir. Le pedía mucho a Dios y le echaba ganas para que mis hijos si pudieran seguir estudiando, pero no quisieron. Qué tristeza, yo si quería estudiar, pero mi papá tomaba mucho y no me quiso ayudar”. Se lamenta, pero se conforma porque al menos los ve que trabajan, que son gente de bien.

Juana está acostumbrada a quedarse sola todo el día en la casa, pero no se aburre porque siempre está haciendo algo. A veces hasta siente que no le alcanza el tiempo, que el día se pasa volando.  Ahora tiene que apurarse para llegar puntual a la obra con el almuerzo. Antes de volver a salir, se da un tiempito para darles de comer a sus animales: dos borregos que tiene en un pequeño corral y que acostumbra amarrar para que coman su zacate.

Sale luego para la obra y al llegar ahí se sienta a desayunar con su marido. Cuando terminan de comer, acomoda su bolsa y se regresa a la casa, donde se pone a barrer, a lavar trastes y a escombrar todos los cuartos. Al concluir esas labores, sale a trabajar al huerto, le echa agua a las flores. Luego a los nopales que requieren aún más agua y, al final, se pone a sembrar un poco de verdura: tomate, jitomate, chile, acelgas y cilantro.

El agua la toma de una pequeña cisterna que construyeron el año pasado. Lo que saca del huerto, la mayor parte la destina para el consumo de la casa y lo que sobra para la venta o el intercambio. Por eso es que no tiene tanta necesidad de ir a comprar hasta San Felipe. En dado caso, lo hace algún domingo, cuando se coloca el tianguis en la cabecera municipal, y así se ahorra el costo del pasaje de tantos viajes.

Cuando va a San Fe, su esposo le pregunta: “¿Quieres dinero para comprar cosas?”. “Dame 100 pesos, nada más”, contesta. Sorprendido Francisco, le vuelve a preguntar: “¿A poco con 100 pesos te va a alcanzar?”. Con mucha seguridad, Juana responde: “Tu dámelos, ya sabré yo como los voy a utilizar”. Toma los 100 pesos, se va a San Felipe y regresa nada más con lo que necesita: sal, aceite, azúcar, café, algunas piezas de pan, todo lo demás lo tiene en su casa o lo consigue en la comunidad.

En cierto momento de confianza, Juana le confesó a Francisco, que le daba pena pedirle dinero. Al principio, él se molestaba y respondía enojado que para eso trabajaba. Ella contestaba que también tenía manos para trabajar y poder tener su propio dinero. Alegaba, además, que eso la hacía sentirse segura y satisfecha. Su esposo ya nomás la oía, se quedaba pensando y entre creyéndole y no creyéndole, de pronto estallaba en risa y daba por concluida la conversación diciendo que estaba bien así, pero que, si llegara a tener alguna dificultad, no dejara de pedirle dinero a él. Con el paso del tiempo, Francisco acabó por acostumbrarse, ya no decía nada, ni se molestaba porque Juana tratara de agenciarse algún dinero a su manera.

Cerca de las tres de la tarde, Francisco llega a la casa para comer. Lo hace en compañía de Juana. Y es durante estos momentos cuando platican de las cosas de la familia, de los pendientes del trabajo o de cualquier asunto relativo a la vida en comunidad. Luego de comer, Francisco vuelve al trabajo y no regresa hasta que empieza a oscurecer.

Entretanto, Juana coce el nixtamal, para que al otro día no esté caliente cuando lo lleve al molino, lo puedan moler bien y no salga chirga la masa. Después de cocer el nixtamal, se pone a bordar unas servilletas que una señora le encargó. Borda en su recamara, pegada a la ventana para estar atenta a lo que pasa en la calle, pero también para aprovechar la luz del día y ver mejor las figuras que va formando en la servilleta con los estambres.

Al poco rato llega su hija y, aunque viene cansada, se pone a echarle agua al huerto, luego desamarra los borregos y arregla un poco la casa. Ambas mujeres se encuentran concentradas en sus respectivas actividades cuando oyen que tocan la puerta. Es la señora Rosa que trae las habas para intercambiarlas por los ramos de flores que Juana ya le tiene preparados. Luego de recibir lo que cada quien necesita, se agradecen mutuamente el favor recibido, se desean parabienes y Rosa se retira abrazando las flores. Juana decide entonces salir a cambalachar otros ramos de flores, para ver si con alguna de sus vecinas, consigue truequearlos por un pollo.

Pero, a quien primero pasa a ver es a su mamá, que vive a sólo dos cuadras de su casa. La visita es solo para un breve saludo, para comprobar que se encuentra bien de salud y para dejar unas cuantas flores en el oratorio familiar. De vuelta a la calle, repasa en su mente que son varias las personas que se dedican al intercambio de productos en Dotegiare, pero que puedan tener carne de pollo, ya son menos. Además, los cambios se hacen más con mujeres, casi con hombres no, pues como le dijo un día una señora, muerta de risa: “Los señores no saben nada de esto, pero bien que se comen lo que uno les lleva”.

Al final decide ir a ver a doña Ernestina, la semana pasada aceptó muy bien los nabos y calabazas que le llevó y, a cambio, le entregó lechuga y zanahoria. Ernestina tiene gallinas, y como el pueblo está de fiesta por el Santo Patrono, al igual que a la señora Rosa, no le han de caer mal unos manojos de flores. Y, efectivamente, Ernestina aceptó cambiar las flores por un pollo; pero, además, le dio un kilo de huevo para que se lo pagara después con unos nopales, cuando ya estuvieran más crecidos. Durante el intercambio platicaron de muchas cosas: de la familia, de lo caro que está todo, de cómo hacer rendir el huerto, de los festejos de este año, del nuevo padrecito que llegó a la iglesia, de los hombres que han emigrado, de cómo se ha ido perdiendo la lengua mazahua, de por qué los jóvenes no quieren estudiar, y de tantas otras cosas que, sin que se dieran cuenta, la tarde empezó a pardear y tuvieron que cortar su conversación, volviendo cada una a sus ocupaciones. 

De camino a su casa, reflexiona sobre la aceptación que sus bordados tienen en los intercambios. Cualquier señora está dispuesta a cambiar lo que tenga por un mantel o unas servilletas. Tan es así que los bordados se los piden por encargo, le dicen: “Hazme un bordado y de lo que valga tu trabajo, te doy un güilo”. Cuando sus hijos estaban chicos, Juana entregaba el bordado, recibía el guajolote o un gallo, pero no lo mataba, sino que ya después lo vendía y de ahí sacaba para darle lo que le pedían a sus hijos en la escuela.

Otra cosa que le ha funcionado es la venta o intercambio de chiles o cajeta en vasitos de unicel, bien tapaditos. Ella sale y cuando alguien la ve con los vasitos, le preguntan que lleva. Juana les explica y, a veces hasta les da la prueba, y luego de un rato de plática, la persona le dice: “No pues no tengo ahorita, pero si me quieres dejar un vasito, mañana te doy un kilo de plátano o lo que valga el vasito”. Ella acepta porque lo importante es que la persona pueda resolver su problema al momento, que tenga para comer, aunque ella deba esperar uno o varios días. Para los intercambios no hay un tiempo determinado, se cambia cuando se necesita y al valor de la palabra. Por eso le gusta bordar, sembrar verduras y tener animales, porque de ahí come la familia o sirve para vender o intercambiar. “Así, me ayudan a mí y yo les ayudo a ellas. En cambio, si se pide prestado a los agiotistas, para que suelten el dinero hay que firmarles un pagaré y pagarles los intereses que siempre son muy elevados. No pus sí, el intercambio no endeuda, tampoco produce ganancia, pero sí que resuelve problemas”, concluye.

Devuelta en su casa, satisfecha con lo conseguido, se pone nuevamente a bordar. Francisco regresa cerca de las siete y poco después de las nueve se sientan los tres a cenar. Al concluir la cena, su marido y su hija se retiran a descansar, pero ella se queda un rato más a bordar, alega que no tiene sueño y que debe entregar un pedido de servilletas. Como la conocen, no le discuten, la dejan trabajar y ella se entrega a su labor envuelta en el silencio de la noche, como una auténtica guardiana de su hogar.

 

Rasgos distintivos de la práctica del trueque en la comunidad de estudio y mecanismos de interacción de las redes de intercambio

 

De acuerdo con el sitio de internet: Pueblos de América (2019), especializado en estudios micro-comunitarios, Dotegiare cuenta con una población de 1 139 habitantes, de los cuales 517 son hombres y 622 mujeres. De ese total, el 91,92% de la población es indígena. La forma de asentamiento predominante es por barrios o parajes, en los que habitan varias familias consanguíneas.

Pese a que algunas calles se han pavimentado para facilitar el acceso de camiones y taxis colectivos, el transporte público sigue siendo escaso. Esta circunstancia incentiva el intercambio directo de productos entre vecinos, en vez de salir a otros lugares a vender, comprar o intercambiar. Los tianguis más cercanos en los que generalmente se abastecen los pobladores de Dotegiare, son los que se colocan en la cabecera municipal de San Felipe del Progreso y en la desviación a Carmona.

Las principales actividades económicas son la agricultura, el comercio, el empleo doméstico y el trabajo en oficios, como la albañilería y la herrería. La actividad agrícola se realiza bajo dos sistemas productivos: a cielo abierto, en parcelas y huertos de traspatio y, bajo techo, en micro túneles e invernaderos. Bajo el primero, se producen básicamente frutas, maíz y frijol, mientras que en el segundo, se cultivan hortalizas y flores.

Debido al tamaño relativamente pequeño de los predios (1 000 metros cuadrados en promedio), a la escasez de agua y a la falta de insumos y maquinaria, la producción se efectúa en pequeña escala. En estas parcelas se obtiene una media de 515 kilos de maíz por temporada. Por su parte, la producción en el micro túnel permite obtener cada semana 10 kilos de jitomate o de cualquier otro producto medible en kilos; pero, si la unidad de medida son los ramitos, se pueden sacar 15 ramos de cilantro o de espinacas, en promedio. En el huerto familiar, se obtiene la mitad del micro túnel, esto es: 5 kilos o siete ramitos por semana.

Los invernaderos son gestionados por una cooperativa de productores existente en la comunidad, cuya producción de jitomate se destina preferentemente al mercado, motivo por el cual queda fuera del interés analítico del presente estudio.

Por regla general, la producción a cielo abierto la comandan los hombres con la ayuda de sus familiares, vecinos o amigos, en momentos clave como la cosecha. En tanto que el trabajo en los huertos de traspatio o en los microtúneles, habitualmente lo asumen las mujeres. La mayor parte de las familias cuentan tanto con un predio agrícola como con un huerto familiar.  De la producción total que obtienen en ambos sistemas, en promedio la mitad se dedica al autoconsumo, una cuarta parte a la venta y la última cuarta parte, al trueque.

Complementariamente a lo anterior, los ingresos de las familias campesinas de Dotegiare proceden del desempeño de trabajo asalariado no agropecuario; el cuidado de animales de corral: borregos, chivos, gallinas, patos y guajolotes, así como la manufactura de alguna artesanía, ya sean tejidos o cerámica. 

Sobre la base material, social y cultural, antes descrita, la mecánica de funcionamiento del trueque en esta comunidad, se puede sintetizar en los 10 rasgos o peculiaridades que a continuación se detallan.

 

1. El trueque tiene lugar en redes o grupos cerrados de proximidad, que actúan de manera sincrónica, pero sin coordinación alguna entre ellas y en las que participan mayoritariamente los pobladores de Dotegiare y, en menor medida, algunos habitantes de comunidades vecinas. En la figura 1, se representan las relaciones de intercambio que se dan en las redes de trueque. Los recuadros azules representan a 32 personas de Dotegiare que fueron encuestadas. Los recuadros de color blanco, simbolizan a 4 personas que provienen de comunidades aledañas, como Rioyos. Y, por último, los recuadros en color gris, personifican a 6 individuos que provienen de lugares más apartados, como Zitácuaro, Michoacán.[2]

 

Figura 1. Redes del trueque en la comunidad de Dotegiare, al mes de agosto de 2019.

 


 

Elaboración: propia a partir de los resultados del trabajo de campo.

 

Como puede apreciarse, en Dotegiare operan cuatro redes o grupos de intercambio. La conformación de cada una de ellas varía en razón de los siguientes factores: su ubicación geográfica al interior de la comunidad, la distancia entre viviendas, los vínculos familiares y comunitarios preexistentes, y la cantidad, valor y tipo de productos que se ofertan y demandan.

Así, la red “A”, integrada por un total de 13 personas: 9 azules, 3 blancas y una gris, está situada a la entrada de la comunidad, mientras que la red “D”, compuesta por 22 personas, de las cuales únicamente una de ellas no es habitante de Dotegiare, está instalada en la zona de laderas. La distancia entre las viviendas de ambas redes (1.7 kilómetros) resulta lo suficientemente grande como para no incentivar los intercambios. En cambio, al interior de cada una de estas redes, los vínculos familiares o de vecindad son lo suficientemente fuertes como para alentarlos, sin necesidad de movilizarse hacia otros espacios comunitarios, amén de que la cantidad de bienes que se producen y, por ende, el monto de los que se ofertan, apenas alcanzan para satisfacer la demanda de cada una de las redes por separado.

Ahora bien, lo que distingue a las redes “B” y “C”, es que solo realizan intercambios con gente foránea a la comunidad (cinco individuos procedentes del estado de Michoacán), debido a que con ellos pueden intercambiar productos de mayor valor económico, como ganado por muebles u otros animales de igual o mayor valor. Los valores intercambiados oscilan entre los 200 y los 3 000 pesos en cada operación.[3] En estas redes, el tipo y valor de los productos, pesan más que el número de participantes y los vínculos familiares o de vecindad existentes. Por tal motivo, el intercambio por trueque aparece aquí como un instrumento meramente económico, en donde la función social y cultural queda totalmente subsumida. Afortunadamente, este tipo de redes no sólo son minoritarias, sino poco representativas de la realidad económica de la mayoría de los habitantes de la comunidad.

Finalmente cabe aclarar que al interior de cada una de las redes, los intercambios se realizan en forma itinerante, casa por casa y cuando existe necesidad de hacerlo; y no en un lugar y día previamente establecidos. La participación en el trueque es de manera recíproca, en ocasiones las personas salen a otras casas en busca de los intercambios y, en otras oportunidades, esperan en sus hogares a que lleguen a intercambiar. La mayoría de quienes salen, lo hacen porque también aspiran a vender sus productos, pues se trata de personas que, además de un predio agrícola, cuentan con micro túneles, lo que significa que disponen de una mayor cantidad y diversidad de productos para ofertar.

 

2.- Tal como lo expresan las imágenes de la figura 1, las redes del trueque operan con pocos participantes: 32 de Dotegiare, cuatro de comunidades vecinas y seis más del estado de Michoacán, dando un total de 42 personas. No obstante, se calcula que, en su momento más álgido, pueden integrarse a estas redes, alrededor de 60 personas de la comunidad. Visto en términos relativos, dicho número representa apenas el 5.2% de la población total y el 9.6% de las mujeres; sin embargo, si se mide por familia, los datos se modifican considerablemente, ya que en Dotegiare, según el portal: Pueblos de América, 2019, hay 265 viviendas. Si suponemos que en cada casa vive una familia, entonces las familias participantes del trueque representan el 22.5% del total. En números absolutos, si dividimos la población total entre las 265 viviendas, tenemos un promedio de 4.2 integrantes por familia, cifra que, a su vez, podemos multiplicar por las 60 familias participantes, obteniendo así una suma de 252 personas, que son impactadas, en forma directa, por las funciones del trueque. Valga señalar adicionalmente que los truequistas pertenecen a familias conformadas por padres recién casados o mayores, con o sin descendencia. Todo lo cual confirma que el trueque es una actividad esencialmente familiar, pues no participan de ella, individuos aislados o jóvenes solteros.

Así, independientemente del tamaño y el peso relativo o absoluto de estas redes de carácter informal sobre la población total de la comunidad, lo importante a destacar es que se trata de personas que comparten lazos de parentesco y de vecindad y, por tanto, cuentan con altos niveles de confianza y reciprocidad. Pero, además, comparten otras similitudes de orden económico, social y cultural. La mayoría son indígenas, de escasos recursos económicos y con un nivel de escolaridad, que escasamente alcanza el sexto grado de primaria. Este conjunto de condiciones son las que motivan a las unidades domésticas a ingresar al trueque como una forma de satisfacer aquello que requieren en el hogar y que no alcanzan a cubrir con lo que obtienen de la producción familiar o de las remuneraciones laborales.

 

3. Los intercambios por trueque se realizan en forma continua o permanente a lo largo de todo el año, sin embargo son más abundantes en la época de calor (primavera-verano) que en tiempos de frío (otoño-invierno). Asimismo, el trueque se realiza en razón de las necesidades de abasto del consumo familiar, por lo que no existe ninguna regularidad en cuanto a plazos definidos. No obstante, a partir de la información recopilada, es posible inferir que el promedio de tiempo aproximado en que una familia participa de un trueque, se ubica en una frecuencia de entre ocho y quince días por intercambio.

 

4. El trueque en Dotegiare se efectúa sin uso de dinero convencional y alrededor de bienes de consumo básico, producidos por el productor directo, lo que significa que no fueron comprados para revender, que no han sido objeto de transformación industrial y que no poseen marca comercial. Además, al tratarse de un sistema cerrado que funciona como una estrategia de sobrevivencia destinada a satisfacer necesidades sociales, los participantes de las redes o grupos de trueque asumen el doble papel de productores y consumidores.

Los productos que más se intercambian son los destinados para la alimentación, lo que incluye: frutas, maíz, huevo, frijoles, habas y hortalizas. En segundo plano, se ubican los animales de corral, como pollos, guajolotes y borregos y, finalmente, aparecen la leña y las semillas, dado que en la mayoría de los hogares se cocina con leña y las semillas se intercambian para la siembra en las parcelas.

Durante el trabajo de campo, únicamente se identificó una persona que intercambia abarrotes, aunque los intercala con los productos de su unidad productiva. Como se verá en el siguiente punto, el intercambio de abarrotes es escaso debido a que este tipo de productos se cotizan de acuerdo a los precios vigentes en el mercado.

 

5. El trueque se efectúa mayoritariamente mediante el intercambio de valores equivalentes de bajo monto, en transacciones de pequeña escala, que oscilan entre 15 y 150 pesos por operación. El cambio de productos con valores económicos elevados no resulta viable, toda vez que la producción local es generalmente para el consumo básico e inmediato. Lo que equivale a decir que el criterio que rige tales intercambios es el de la equidad, pues lo que se espera obtener es una retribución equivalente a la que se entregó.

Ciertamente, el flujo de información sobre los precios establecidos en el mercado exterior, funciona como referente para realizar los cambios; pero, no como un factor al alza sino a la baja, aunque sea en una proporción pequeña que, al menos, descuente los costos de traslado e intermediación.

 

6. En Dotegiare, el trueque es una actividad básicamente femenina, que expresa la división de funciones existente al interior de la unidad económica familiar. En efecto, las mujeres son quienes se encargan, tanto de producir como de realizar el intercambio. Esto se debe a que permanecen mayoritariamente en la comunidad, asumiendo el cuidado del hogar.

A la mujer también se le reconoce mayor habilidad para hacer valer el producto y lograr un trueque equitativo y justo, en pequeñas transacciones. En cambio, el rol del varón puede ponerse en entredicho si acude a intercambiar, porque ello podría significar que no ha trabajado lo suficiente para obtener los recursos económicos necesarios para proporcionarle a su familia todo lo que ésta requiere. No es, por tanto, para el varón, un motivo de orgullo, sino de pena y descrédito.

De igual modo, al quedar la mujer al frente de su hogar y, en consecuencia, permanecer más tiempo en el ámbito comunitario, tiene mejores condiciones para tejer relaciones de confianza y reciprocidad más duraderas y estables con otras mujeres que se encuentran en la misma condición. Empero, si bien quienes forman parte del género femenino son capaces de generar mayores relaciones comunitarias y estrategias de subsistencia para el hogar, como consecuencia de ello también se ven sometidas a cargas excesivas de trabajo y a fuertes presiones en el manejo de sus tiempos. Lo más lamentable del caso es que a pesar de haber asumido la alta responsabilidad de producir y de realizar los arreglos para el trueque, las mujeres mazahuas continúan subordinadas al varón, ya sea su esposo, su padre o sus hermanos. Generalmente las personas del sexo masculino, al ser los dueños de las tierras o los principales proveedores, son quienes toman las decisiones relevantes a nivel familiar, reproduciendo así la estructura patriarcal prevaleciente.

 

7. Los intercambios por trueque se realizan en un plano de horizontalidad, igualitarismo y democracia económica. Las relaciones sociales que se establecen en el trueque ponderan el valor del trabajo y las capacidades productivas de la unidad familiar que con su oferta de productos actúa como dador y, al mismo tiempo, busca satisfacer las necesidades que, en forma de demanda, esa misma familia, en calidad de receptor, solicita. La intervención de los participantes se produce a partir de lo que cada quien produce y aporta a la red, como condición para poder obtener lo que necesita o lo que se encuentre disponible. La igualdad entre las personas existe porque todos son productores y consumidores necesitados o dependientes de los demás. Pero, a su vez, las diferencias productivas que posee cada integrante dan pie a una complementariedad grupal, que fortalece el tejido social y evita que las desigualdades se incrementen. En cierto modo se trata de un proceso de homogenización colectiva que retiene una parte de la riqueza social generada en la comunidad y la distribuye, de tal manera, que nadie se quede sin comer. Finalmente, el intercambio al producirse en condiciones justas y equitativas constituye una forma de democracia económica, en la que el interés colectivo se impone al egoísmo o a la ambición individual.

 

8. El trueque representa una forma de intercambio extremadamente flexible, debido a que el valor de uso de los productos está por encima de su valor de cambio y las necesidades por satisfacer se encuentran a flor de piel. En términos generales, la versatilidad del trueque se manifiesta mediante el uso de los métodos que a continuación se explican.

 

a) Los intercambios se pueden hacer en forma fraccionada, es decir, cubriendo una parte en dinero y la otra en especie.

b) De forma inmediata o diferida en el tiempo. En el segundo caso, uno de los participantes acepta ceder su bien, bajo la promesa de ser retribuido en forma equivalente, en el futuro.

c) Por medio de triangulación o como multitrueque. La base de esto se encuentra en el hecho de que no todo lo que se requiere está disponible y no todo lo que está disponible es deseado por los participantes. Para algunos puede ser más complicado acceder al trueque al generar productos que no poseen alta demanda. Un alimento generalmente tiene mayor demanda que una artesanía. Sin embargo, el artesano puede obtener alimentos mediante el trueque si alguien en la red, acepta tomar la artesanía y entregar los alimentos, asumiendo la tarea de, en un momento posterior, buscar a un tercero que si le interese adquirir la artesanía. Evidentemente, esta misma artesanía puede volver a cambiar de mano varias veces en uno o más días, siendo esto lo que propiamente se identifica como multitrueque.

 

9. Entre las familias del pueblo mazahua, el trueque forma parte de su cultura ancestral. Se trata de una tradición fuertemente arraigada con capacidad de continuidad intergeneracional. La mayoría de las personas entrevistadas refieren que sus abuelos o padres practicaron el trueque, que ellos de pequeños lo presenciaron y que, al convertirse en padres de familia, lo han empezado a utilizar en mayor medida. Además, comentan que son muy pocas las personas que abandonan las redes de trueque. Una vez que entran, se quedan para toda la vida.

Por esta misma razón conviene subrayar que las funciones del trueque no sólo son de orden económico, sino también de carácter socio-cultural, puesto que al estarlo ejecutando, se habla mucho, se dialoga y se logra conocer a las personas con cierta profundidad. De esta manera, el trueque contribuye a crear y fortalecer las relaciones interpersonales, haciendo más intensa la sociabilidad comunitaria.

 

10. Finalmente, el trueque opera bajo reglas no escritas y valores éticos subyacentes. Entre estos últimos destacan la ayuda mutua, la solidaridad, la confianza, la igualdad, la reciprocidad, la honestidad, la justicia y la equidad. Entre las normas, quizás la más importante sea la aplicación de una sanción de orden moral a quienes no corresponden la confianza otorgada. Y con ello no es que se les excluya formalmente de la red, sino que simplemente ya no se les busca para realizar intercambios, ni para atender otros asuntos comunitarios, al ponerse en duda su responsabilidad y honorabilidad.

La puesta en práctica de los elementos antes descritos, posibilita que el pacto social implícito en el trueque se renueve y fortalezca gracias a la confianza correspondida y a la verificación de su utilidad económica, social y cultural, ya que, en última instancia, lo que se pretende es que, en todos los casos, los participantes queden satisfechos con el intercambio, que nadie se sienta burlado y que, por consiguiente, las relaciones afectivas sean reforzadas.

No obstante, con el objeto de tener una visión más integral de la esencia y efectos prácticos del trueque, estimamos conveniente recapitular alrededor de tres aspectos fundamentales, condensados en las siguientes preguntas: ¿Cuáles son sus ventajas o beneficios concretos? ¿Cuál es su finalidad última? y ¿Qué es lo que explica su permanencia en el tiempo? 

En relación con la primera pregunta, la respuesta probable haría alusión a las siguientes ventajas o beneficios: a) Fortalece el proceso de integración y renovación social, dado que constituye un excelente pretexto para incentivar la convivencia intercomunitaria; b) Permite el acceso a productos naturales y saludables, producidos localmente, lo que favorece una alimentación sana con efectos positivos en la salud de los habitantes de la comunidad; c) Provoca la revalorización del tiempo y el trabajo autónomo y libre de la familia campesina, pues como explica Edith Pérez (2016: 55), lo crucial en el trueque “no es el valor monetario, sino el trabajo que llevan implícitos los productos que se están cambiando”. Así, al acudir al cambio, el productor lo hace con la convicción de que el valor de su trabajo sea útil únicamente para él, su familia y la comunidad; d) El valor generado en las unidades productivas familiares se retiene y reinvierte localmente, y e) Fortalece un estilo de vida basado en el principio de vivir con lo estrictamente  indispensable, no caer en el consumismo voraz y no ser presa de la avidez acumulativa.

En cuanto a su finalidad, es evidente que en Dotegiare, en tanto mantiene un sentido natural, espontáneo y desinteresado, el trueque constituye un instrumento social orientado a garantizar la subsistencia y reproducción social del grupo familiar que lo utiliza. Este mismo fenómeno, examinado en forma agregada, contribuye también a la reproducción de la vida en la comunidad, vista como un todo, es decir, como un conjunto de familias que comparten el mismo territorio.

Finalmente, la permanencia y sostenibilidad del trueque en el tiempo se explica como resultado de su capacidad para establecer un vínculo virtuoso entre cultura y economía, en el marco de las tradiciones y costumbres vigentes a nivel comunitario. Dicho vínculo virtuoso consiste en que el capital social existente en la comunidad favorece la práctica del trueque y, a su vez, la realización de intercambios mantiene vivo ese capital social y lo multiplica. Por todo ello, en Dotegiare el trueque se mantiene, en tanto constituye una estrategia de sobrevivencia económica típica de la economía campesina, que se encuentra fuertemente arraigada en la tradición cultural del pueblo mazahua.

Sin embargo, la práctica del trueque no es aislada, ni absolutamente autónoma o espontánea, sino que forma parte de un sistema de reciprocidad más amplio que incluye distintas formas de trabajo comunitario-voluntario como las faenas, la mano vuelta y el tequio, así como distintos mecanismos de integración y animación comunitaria propios de la cosmovisión indígena.

De este modo, la reciprocidad que prevalece en esta comunidad subyace como respuesta a las condiciones de pobreza y exclusión social que padecen sus habitantes, pequeños productores de origen indígena que se encuentran en una situación de desventaja que obstaculiza su acceso al mercado, tanto para la venta, como para la adquisición de productos. Por tal motivo, han creado redes informales de intercambio que les permiten hacer frente a las dificultades del entorno, sentirse respaldados por el resto de sus semejantes en momentos de necesidad y constatar que entre todos se puede cultivar una relación reciproca para el intercambio de productos básicos, sin recurrir al mercado o depender del dinero.

 

Reflexiones finales

 

Cómo hemos visto a lo largo de este trabajo, el trueque no solo funciona como estrategia económica complementaria para la obtención de productos para la subsistencia de algunas familias, sino que también dentro del sistema social y cultural cumple un rol primordial para la activación y movilización del capital social de la comunidad mazahua, que posibilita la formación de redes informales de intercambio, sustentadas en los valores de la reciprocidad y la confianza.

Sin embargo, desde una perspectiva de más largo alcance, como señalan Rocha Pardo et al (2019: 12), el trueque no necesariamente “es una forma de intercambio antagónica al capitalismo y los valores que lo rigen. No se trata de una herramienta que, sólo por utilizarla, genere relaciones solidarias entre las personas…”.

Efectivamente, en Dotegiare, el trueque moviliza apenas el 25% de la producción local. Ello se debe a que la producción de la unidad familiar es pequeña y, por tanto, el intercambio también lo es; pero, si ésta aumenta, existe la tentación de vender, en vez de cambiar. Nos encontramos entonces ante una tensión latente que debe manejarse apropiadamente para que no se escape del control comunitario. Esto mismo demandaría establecer parámetros productivos y comerciales mínimos, así como un procedimiento socialmente aceptable para que se active alguna forma de vigilancia recíproca entre los participantes de las redes del trueque.

Asimismo, debemos observar que la tensión antes señalada también es alentada desde fuera, pues nos encontramos en un mundo en constante transformación, lo cual genera amenazas y peligros para el trueque bajo las modalidades en las que se ejerce en Dotegiare. La amenaza más importante procede del constante proceso de ensanchamiento del capitalismo que en su dinámica expansiva, no sólo destruye y subsume a las economías que funcionan con una lógica no capitalista, sino también a las identidades culturales que las acompañan. El afán homogeneizador de la modernidad capitalista se manifiesta en todos los ámbitos de la vida humana y el trueque no es ajeno a estos avatares, siendo constantemente estigmatizado como una práctica anacrónica, obsoleta o pre-moderna.

En un escenario pesimista, la degeneración de la práctica del trueque podría producirse mediante su masificación descontrolada y el paulatino abandono de su finalidad distributiva de la riqueza social con criterios de equidad y justicia. En este contexto, los postulados de la racionalidad económica capitalista serían los que primarían en los intercambios (Vélez, 2017). La búsqueda de la ganancia, la especulación y el engaño estarían a la orden del día, entre los fines de los participantes, lo que provocaría una destrucción igualmente masiva del capital social actualmente existente en la comunidad (Márquez y Foronda, 2005).  

Por eso, más que apostarle a sostenerse en una posición defensiva, reactiva o conservadora, que sólo aspiraría a mantener al trueque en su estado actual, habría que pensar seriamente en como reactivarlo y potenciarlo para que siga siendo funcional ante los desafíos del presente. Una posibilidad de avanzada podría darse si el trueque en Dotegiare asume una posición ofensiva o de vanguardia, inscribiéndose como parte de las prácticas transformadoras de la llamada economía solidaria, encauzadas a construir otros modelos de organización social y económica, en los que se respete y aliente la diversidad de formas de hacer economía y de relacionarse social y culturalmente (Kliksberg y Tomassini, 2000).

Por consiguiente, lo que se debe buscar es que el trueque deje paulatinamente de ser una práctica espontánea, y se convierta en una actividad socialmente organizada y deliberada, dirigida a fortalecer los mecanismos de la reciprocidad como interacción social dominante. Qué no sólo busque la sobrevivencia económica de las familias campesinas, sino también elevar su nivel de vida y, sobre todo, adscribirse a un proyecto de transformación social, aunque sea a nivel comunitario. De esta manera, como ha sugerido Hintze (2003), se alentaría el uso apropiado y direccionado del trueque, lo que le permitiría transitar desde su actual condición de estrategia de subsistencia y práctica comunitaria semi espontánea, hacia una estrategia transformadora y trascendente de economía solidaria.

En este orden de ideas y derivado de los resultados de la investigación realizada, a manera de cierre del presente trabajo, a continuación nos permitimos presentar una serie de recomendaciones específicas, encauzadas a mejorar la práctica del trueque en la comunidad de Dotegiare, a través de un proceso de innovación y experimentación colectiva debidamente planeado. Con ello lo que se lograría, sería poner en marcha una estrategia socialmente construida para atender una cantidad mayor de necesidades materiales y, al mismo tiempo, fortalecer los mecanismos de la reciprocidad comunitaria, de tal manera que se alcancen mayores niveles, tanto de igualdad social y económica como de equidad de género, que conduzcan al establecimiento de un equilibrio intracomunitario durable y sostenible.

 

1.- Integrar un grupo promotor y organizador del trueque con las personas más activas de la comunidad, preferentemente mujeres jefas de hogar y jóvenes, de ambos sexos, con motivación hacia el trabajo colectivo.

 

2.- Hacer una mayor difusión de los beneficios del trueque entre las familias que aún no se incorporan a la actividad, organizando pláticas de inducción o talleres de capacitación más especializados que permitan la formación de nuevas redes vecinales o barriales.

 

3.- Procurar que los jóvenes y niños acompañen a sus mamás durante la realización de los intercambios o que el tema del trueque se retome en las reuniones familiares, de tal manera que se vaya preparando el necesario relevo generacional.

 

4.- Sin abandonar o descuidar el intercambio casa por casa, de manera complementaria, establecer, dentro de la jurisdicción territorial de la comunidad, un punto de encuentro con frecuencia semanal, quincenal o mensual, en el que confluyan las diferentes redes zonales de trueque.

 

5.- Fortalecer las normas escritas y no escritas para la regulación de la práctica del trueque, cuidando que los valores éticos de la reciprocidad, la solidaridad, la confianza, el respeto, la honestidad y la equidad, sean los que primen en las relaciones de intercambio.

6.- Fortalecer la base productiva de las unidades económicas familiares para generar una mayor abundancia y variedad de productos a compartir.

 

7.- Junto con otros actores de la comunidad, como autoridades civiles y agrarias e instituciones educativas, avanzar en el diseño de un proyecto de desarrollo comunitario que se proponga alcanzar la autosuficiencia alimentaria de sus habitantes, en cuyo marco se produzca preferentemente para el autoconsumo y para el intercambio intervecinal y no para la venta, construyendo así una comunidad autosustentable basada en el esfuerzo productivo de la unidad económica campesina familiar.

 

8.- Poner el acento en que, de manera paulatina, la producción que se genere e intercambie sea ecológica y saludable. En esta dirección, promover la adopción de prácticas de agricultura agroecológica, de recolección de agua de lluvia, de consumo responsable y de aliento y recuperación de la medicina natural y el reciclaje.

 

9.- Proponerse que en las redes de trueque se atiendan nuevas necesidades, y se incorporen nuevos saberes y servicios, y ya no sólo circulen bienes de primera necesidad para la sobrevivencia en condiciones de pobreza o precariedad, sino aspirar a lograr una dotación de bienes y servicios abundante y suficiente para todas las familias participantes.

 

10.- Buscar el intercambio de experiencias con las diferentes iniciativas de trueque existentes en la región Mazahua.

 

 

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Enviado: 11/05/2020

Aceptado: 31/08/2020

 

 

Cómo citar este artículo:

 

Colín Dimas, D. y Rojas Herrera, J. J.  (2020). La práctica del trueque en una comunidad mazahua del Estado de México. Otra Economía, 13(24), 77-94

 


* Universidad Intercultural del Estado de México, San Felipe del Progreso, México

** Universidad Autónoma Chapingo, Texcoco, México

 

Este es un artículo de acceso abierto, bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional, siendo permitida su reproducción y adaptación dando crédito a su/s autor/es de manera adecuada, sin propósitos comerciales, y dando la misma licencia que la original en caso de distribución.



[1] Los mazahuas constituyen el grupo indígena mayoritario del Estado de México. La mayor parte de su población se ubica en las zonas rurales de los municipios de San Felipe del Progreso, Temascalcingo, Acambay, Donato Guerra, Amanalco de Becerra, Ixtlahuaca, Atlacomulco, Jocotitlán, El Oro, San José del Rincón, Villa de Allende y Villa Victoria. Desde el punto de vista económico y social, de acuerdo con diversas fuentes oficiales, la región está considerada como la más pobre y marginada de la entidad. En lo político-administrativo, las comunidades mazahuas, no son autónomas en su administración, toda vez que dependen de los Ayuntamientos. A su interior, se organizan en barrios y la unidad social básica es el grupo doméstico.

[2] Para identificar los vínculos establecidos entre las personas que realizan el trueque e integran las redes existentes en la comunidad de estudio, además de la información proveniente de las encuestas, se utilizó el software UCINET. La pregunta orientadora del análisis fue: ¿Con qué personas ha cambiado productos durante el último mes?

[3] La tasa de cambio del peso mexicano con el dólar ronda en alrededor de 21 pesos por dólar.